martes, 4 de octubre de 2016

EPICEDIO. 05. PEDRO LAÍNEZ. ELEGÍA A LA MUERTE DE LUISA SIGEA, MUGER DOCTISSIMA.


Epicedio publicado por A. Bonilla y San Martín. "CLARORUM HISPANIENSIUM EPISTOLAE INEDITAE", in Revue hispanique: recueil consacré à l'étude des langues, des littératures et de l'histoire des pays castillans, catalans et portugais, Tome 8, Nº. 25-28 (1901), págs. 301-308.


Si de triste licor tan larga vena,
Musa llorosa mía, has derramado,
y aún no tienes la faz de llanto ajena,

¿con qué lágrimas puede ser llorado
[5] tan lamentable caso, si en los míos
las ha el contino curso ya gastado?

De amargo llanto dos corrientes ríos
mis ojos bañen; sientan mi tristeza
los altos montes y peñascos fríos;

[10]pues de tan grave daño la aspereza
con tal rigor lastima al alma mía,
que la vida desmaya en su dureza.

Desencoja el dolor la lengua fría,
la cruda muerte dé a mis ojos llanto,
[15]y el sacro Apolo voz a esta elegía.

Que no es locura, no, sentirse tanto
daño tan general, pues lo que daña
no lo puede explicar humano canto.

Hoy te despoja muerte viuda España,
[20]de la gloria mayor que se hallara
en cuanto el ancho mar discurre y baña.

Hoy la clara Sigea, oh Parca avara,
nos llevas, cuya lumbre nos mostraba
de virtud larga senda abierta y clara.

[25]Seca es la fuente ya que derramaba
tan dilces ríos de licor divino,
que más que ambrosía o néctar se estimaba.

Ya de Heliconase encubrió el camino,
ya la sublime lumbre desaparece,
[30]que quien sin luz camina pierde el tino.

Ya la nocturna sombra nos ofrece
de medroso temor tristes visiones,
después que muerte el so nuestro escurece.

¡Cuán lamentables, cuán funestos dones
[35]nos traes con solo un tiro, amarga muerte,
y de llorar cuán largas ocasiones!

¡Oh instables ruedas de la humana suerte!,
vuestro discurso triste y presuroso
nuestro placer en lágrias convierte.

[40]Tu carrera veloz, tiempo envidioso,
hoy nos priva del bien que deja el suelo
tan triste cuanto el cielo del gozoso.

Las sacras Musas, con el desconsuelo
de tan lloroso caso lastimadas,
[45]mil quejas dan de muerte al alto cielo;

las unas con las liras destempladas,
otras con el cabello suelto al viento,
otras del dulce canto ya olvidadas,

y todas juntas, con sentible acento,
[50]en las turbadas voces muestran claro
de pérdida tan grave el sentimiento.

Si no me es cuanto suele el cielo avaro,
y me concede aquel furor divino
que suele al sacro Febo ser tan caro,

[55]aunque con canto bajo, determino
después que nos dejaste en triste ausencia,
llorar el grave daño que nos vino.

Perdió el triste marido tu presencia,
de él muy más que la propia vida amada,
[60]y el mundo tu rarísima elocuencia.

Aquella alta columna es ya quebrada,
que la difícil carga sostenía
de raras letras y virtud preciada.

Ya cesó el dulce son, ya la armonía
[65]de la templada cítara soñora
y de la mortal vida la alegría,

después que tú, doctísima señora,
escogiste por muerte eterna vida,
donde en reposo eterno está ahora.

[70]Mas aunque tu virtud alta, escogida,
dé al mundo de ello testimonio cierto,
no puede no sentirse tu partida,

pues queda despojado ya, y desierto
de aquel valor tan alto, que pudiera
[75]ser al mayor peligro salvo puerto.

Ya falta el agua dulce en la ribera,
al árbol flor, al prado la verdura,
y a la desnuda tierra primavera,

después que con tu vista clara y pura
[80]al río, al árbol, prado, o a la tierra,
no das agua, flor, yerba, ni frescura.

¡Cuál quedas, ciego mundo, en llanto y guerra,
pues te arrebata el tiempo aquel tesoro
que debajo esta piedra muerte encierra!

[85]Paréceme que siento el grave lloro
que por tal daño debe estar haciendo
del celebrado Pindo el sacro coro;

que el lamentable son que estoy oyendo
por ti es, clara Sigea, por quien agora
[90]con lágrimas las Musas van diciendo:

—«Décima del Parnaso habitadora,
clarísima Siega, ¡oh cuán temprano
muerte tu faz divina descolora!

¡Oh fiera!, a quien no puede el ser humano
[95]resistir la mortal grave herida
que hace tu sangrienta airada mano,

pues no puede faltar la humana vida
cuyo término es corto y limitado
de ser por ti acabada y consumida:

[100]de Láquesis el hilo delicado,
¿por qué quieres que sea con mano dura
del huso tan sin tiempo arrebatado?

Debieras la presente desventura
que al mundo por tu flecha rigurosa
[105]tiene en tan grave y general tristura,

juntamente llorar, Parca envidiosa,
que al negro carro por trofeo colgada
no esperes ver más joya tan preciosa,

cuya vida fue en flor casi cortada,
[110]y dejando a la tierra en mortal velo
de laurel, marto y palma es coronada,

do con pies inmortales pisa el cielo
adonde resplandece el alma santa,
cual su fama inmortal acá en el suelo
».

[115]¡Cuán tarde pacerá tan fértil planta
como muerte acabó, antes dio vida,
pues su memoria al cielo se levanta!

Sabia, casta, gentil SIgea escogida,
al cielo que te encubre eternamente,
[120]cuán dulce le debió ser tu partida!

Mas, en tanto que el sol resplandeciente,
descubriendo su luz pura y hermosa,
saldrá en levante y se pondrá en poniente,

mientras la agua sabor y olor la rosa
[125]tuvieren, y al ganado desvalido
la verde yerba le será sabrosa,

y los corrientes ríos con ruido,
no cesando del curso acostumbrado,
el tributo darán al mar debido,

[130]será tu claro nombre celebrado
sin que prive el olvido la memoria
de tu lloroso fin arrebatado,

haciendo eterna la debida gloria
a tu ínclito valor y clara fama
[135]en dulces versos y sublime historia.

Clarísima Sigea, cuya llama
y sol de alta virtud mostró viviendo,
cuanto bien llueve el cielo acá y derrama:

alma santa y gentil que estás oyendo
[140]desde la inmensa Altura el tierno lloro
que por tu ausencia acá se está haciendo;

rica del celestial alto tesoro
del cual eternamente están gozando
los escogidos del divino coro,

[145]do con semblante alegre están mirando
del Sumo Criador la gloria entera,
sus altas maravillas contemplando;

donde ya no se teme ni se espera,
donde se está gozando eternamente,
[150]de clara, alegre, eterna primavera;

en cuyo santo albergue no se siente
del riguroso invierno o seco estío
la nieve helada o el calor ardiente;

de donde se ve claro el desvarío
[155]de la engañada y ciega gente humana,
y la falsa elección de su albedrío,

la cual, llevada por la sombra vana
de la gloria mortal, por ella olvida
aquella eterna gloria soberana,

[160]do espera ser en breve conducida
la alma que, cual la tuya, da al olvido
la gloria incierta de la mortal vida:

ya me parece ver que el afligido
llanto que por tu ausencia está haciendo
[165]el ciego mundo que a su luz perdido,

tus divinas orejas ofendiendo,
causa que nuestro engaño contemplando,
con sereno semblante estés diciendo:

—«No soy muerta yo, no, aunque llorando
[170]está mi acerba muerte el mundo vano,
antes de vida eterna estoy gozando,

que con vista mortal al ser humano
es imposible ver, por lo cual siento
el manifiesto error del vulgo insano,

[175]pues, despreciando el inmortal asiento,
en cosas funda siempre su esperanza,
que desaparecen como sombra o viento,

amando la mortal triste tardanza,
cuyo discurso impide en cuanto dura,
[180]gozar la eterna y celestial holganza
».

¡Oh alma venturosa, oh quien la dura
e inexorable muerte ha ya librado
de la baja prisión terrestre obscura!,

no te parezca grave allá, y pesado,
[185]que se llore tu fin acá en la tierra,
pues no podrá jamás ser olvidado.

Y pues que nos dejaste en llanto y guerra,
permite que en la piedra fría se lea
que tu sacra ceniza esconde y cierra:

[190]Yace aquí la clarísima Sigea,
en rara perfección sin par juzgada,
en cuanto ciñe el mar, y el sol rodea,
por muerte antes de tiempo arrebatada.


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